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La paradoja del cirujano académico: ¿enseñar oxida el bisturí?

Hay una tensión que todo cirujano que trabaja en un centro formador conoce bien: cada vez que un residente opera de principio a fin, la cirugía toma más tiempo, el ritmo cambia, y el control absoluto que se tiene al operar solo se cede, al menos parcialmente. La pregunta de fondo, muchas veces no dicha en voz alta, es si esa cesión constante de protagonismo termina, con los años, oxidando la propia destreza técnica.

La tensión real de operar en un hospital formador

Formar cirujanos exige algo que rara vez se reconoce abiertamente: ceder. Ceder el bisturí, ceder el ritmo, ceder la posición óptima frente al campo quirúrgico. Un cirujano que opera solo puede avanzar exactamente al ritmo que su experiencia le permite. Un cirujano que enseña debe, además, leer el nivel del residente, anticipar sus errores, y decidir en tiempo real cuándo intervenir y cuándo dejar que la curva de aprendizaje siga su curso.

El costo visible: tiempo y ritmo

El costo más evidente de enseñar en pabellón es el tiempo. Una cirugía que un cirujano experimentado podría completar en un tiempo determinado, con un residente operando bajo supervisión, puede tomar considerablemente más. En un sistema de salud con alta demanda quirúrgica, esa diferencia de tiempo no es menor, y es, probablemente, la razón más común por la que algunos cirujanos terminan evitando ceder pasos críticos de la cirugía a quienes están en formación.

El costo invisible de no enseñar

Un cirujano que nunca cede el control tampoco desarrolla ciertas habilidades: la capacidad de anticipar el error antes de que ocurra, de verbalizar en tiempo real por qué se toma cada decisión, y de leer un campo quirúrgico no solo con las propias manos, sino con las manos de otro. Son habilidades distintas, no menores, a la destreza técnica pura.

La destreza que sí se entrena al enseñar

Contrario a la intuición de que enseñar "oxida" al cirujano, la evidencia observacional y la experiencia clínica sugieren lo contrario: enseñar exige un nivel de comprensión más profundo de cada paso quirúrgico. Explicar por qué se hace algo de una manera determinada, y no de otra, obliga a un cirujano a examinar sus propios automatismos, muchos de los cuales se ejecutan sin pensar después de años de práctica. Ese ejercicio de hacer explícito lo implícito es, en sí mismo, una forma de mantener el pensamiento crítico afilado.

Dónde está el equilibrio

Esto no significa que cualquier residente deba operar cualquier caso. El equilibrio está en calibrar, según el nivel de formación de cada residente, qué partes de la cirugía puede realizar de forma supervisada, y en qué momentos el cirujano de staff debe tomar el control directo, especialmente en los pasos más críticos o de mayor riesgo. Ese calibre constante es, en sí mismo, una habilidad que se desarrolla con los años de docencia.

Por qué vale la pena, para el paciente también

Un sistema de salud que forma bien a sus futuros cirujanos beneficia, a mediano plazo, a todos los pacientes que esos residentes tratarán en el futuro. Y un cirujano que enseña con rigor tiende a mantener procesos más estructurados, mayor revisión de sus propias decisiones, y una cultura de seguridad más consolidada en su equipo. Lejos de oxidar el bisturí, enseñar bien puede ser una de las formas más efectivas de mantenerlo afilado.

¿Buscas atención en un centro con formación quirúrgica activa?

Un equipo que enseña con rigor tiende a tener procesos más estructurados y una cultura de seguridad más sólida, en beneficio directo del paciente.

Nota importante: Este artículo refleja una perspectiva general sobre educación quirúrgica y tiene fines exclusivamente informativos y educativos.

 
 
 

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